Más que dulce

A Charito Povigna no le gustan las tarjetas que ostenten títulos, se describe llanamente como “una amante declarada de las cosas bien dulces”. Hace muy poco inauguró una confitería donde da rienda suelta a sus sueños. Conozcamos a esta emprendedora.

Charito (45) nació en Montevideo. Antiguamente Uruguay era la capital del arte y la delicadeza, “imaginate que le decían ‘la tacita de plata’”, recuerda nostálgica. Nuestra hoy repostera llegó a Paraguay en el año ’79 por motivos laborales de su padre, “y ya nos quedamos e hicimos la vida aquí”. Charito viene de una familia enorme, donde se amasaban pastas saladas y dulces y se llenaba una mesa larguísima. “Mi abuela Amanda lo hacía todo en un segundo, era un mago. Después continuó mi mamá; con ella empezamos nuestro primer negocio de tortas. Mi madre es mi mejor referente culinario”, dice orgullosa la dueña de la confitería “Dolcissimo” y la academia de repostería “Charito Povigna”.

– Crecer al lado de tu abuela Amanda, ¿definió tu vocación?

Diría que sí. También había arte de parte de mis abuelos paternos, que tenían una quinta de flores. De chica iba cada fin de semana (con mi hermano Néstor), mi abuelo era miembro de la Rural, por eso hasta fui candidata a “Reina de las flores” en la Rural. Salí 2ª, todavía tengo las fotos, ¡qué lindos recuerdos! Haber sido feliz en la infancia marca mucho lo que somos cuando grandes. Todavía no lo sé pero supongo que a mi hija (Fiorella, 9) también le va a gustar la cocina, porque ya pasa horas decorando con la masa de azúcar.

– ¿Estudiaste directamente repostería

Antes trabajé en una escribanía, fui auxiliar de arquitectos, estudié decoración de interiores. Luego me metí en este tema, me capacité con Aída de Hutemann. Hace 12 años que inicié un negocio pequeño para surtirles tortas sencillas a los supermercados. Y ahora, hace 3 meses, empecé con Dolcissimo.

– ¿Tus tortas son como tu gusto? ¿pesadas y dulces?

No, hago también más suaves, el cliente es el que manda.

– ¿Las tortas funcionan en nuestro clima?

Una torta puede ser una obra de arte, con un clima así hay cosas que cuesta manejar, como el chocolate o el caramelo. Hay que educar al cliente en dos cosas: cuando compra una torta no puede pasearse primero por toda la ciudad; y segundo, los precios varían de acuerdo a los ingredientes y al trabajo.

– ¿Cuánto cuesta un kilo de torta?

G. 30.000, y depende después de qué está hecha.

– A vos te gusta el ambiente de escuela también.

Me gusta, sí, cuando enseño siempre termino aprendiendo secretos de mis alumnas. La cocina es un intercambio de conocimientos. Lo que más me gusta hacer es decoración de tortas, el arte en azúcar.

– ¿Hay muchos varones reposteros?

Ahora están creciendo, y tienen buenísima mano.

- Estas tortas decoradas con azúcar, ¿suplantaron a las decoradas con crema?

Las tortas con crema también tienen su público fiel. Lo que pasa es que con el mazapán podés hacer muchos más motivos; y yo me quedo más tranquila si es que de una torta se puede comer todo.

– ¿Tuviste pedidos con motivos raros?

Sí, decorados eróticos para despedidas de solteros/as. El Día del Padre vendimos muchas con la colita de azúcar (aquí no conseguí esos moldes, los traje de Buenos Aires).

– ¿Cuál es la lección de vida que te dio esta profesión?

Mantener siempre la humildad. Eso me lo enseñó Mirta Carabajal: “No hay que creérsela, hoy estás, mañana no sabés”.

lperalta@abc.com.py

Lourdes Peralta

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